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La Coctelera

¡Compro inspiración!

Todo cuanto existe tiene una razón suficiente para existir.

17 Febrero 2009

Títeres manchados

Títeres manchados
esquivando los charcos,
llorando a su amo,
llamando a la muerte,
orando su alma...

Con este poema malo pretendo introducir una pequeña historia, de, quizás, una larga lista, que dice así:

Érase una vez en un tiempo no muy lejano y en un lugar indeterminado, una gran ciudad llamada "Narba". En esa gran ciudad había una pequeña tienda donde un hombre no muy mayor construía juguetes.

Un día, como cualquier otro y a la misma hora que los demás, entró a la tienda la joven muchacha llamada Tod. Le traía un nuevo vestido para la nueva muñeca, que en breve estaría acabada.

-¿Té gusta este nuevo vestido?

-Tod, yo no te había pedido esto...

-Ya, perdona, es que cuando vi a la Reina la última vez, me quedé con las ganas de coser un vestido como el suyo...

-Bueno... Ahora no es esa la idea que tengo para la nueva marioneta... Pero para la próxima lo utilizaré. Ahora lo que necesito, y cuando antes mejor, es un vestido sencillo, de campesina, un vestido como el tuyo.

-¡Perdona! yo no soy una campesina...

-Ja, ja, ja. Bueno... ¿Lo tendrás mañana?

A la mañana siguiente, ya no era un día cualquiera... Tod no llego a su hora, y en su lugar apareció una cesta en frente la puerta. Dentro la cesta había un vestido de campesina. Él, al verlo, lo entró y, en el almacén de la pequeña tienda, lo colocó al nuevo títere...

-Ya se que no recuerdas aquel día, en el que, sin querer, te robé la belleza. Por eso ya no me amas, aunque no lo recuerdes. No recuerdas nada, porque yo te lastimé... Pero ahora eres mía, de nuevo. Tod, nunca me has amado siendo de carne, quizás ahora siendo de plásticos y metales...

-Quizás, quizás...

Pero él no sabía que la joven campesina había entrado sigilosamente al almacén, intentando ser la primera en ver la nueva maravilla de su querido, y menos sabía que ella recordaría lo que pasó "aquel día", y menos aún que le abrazaría...

La mañana siguiente continuó sin ser un día cualquiera... El constructor de preciosas marionetas de esbeltas figuras que, si mirabas de reojo, parecían bellas mujeres, apareció muerto en el almacén de su pequeña tienda.

En los periódicos decía que la muerte había abrazado al juguetero.

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Sobre mí

-¡Ese colgante es...!- el colgante de Sarahka se dejaba ver por encima de la armadura.- ¡El brisíngamen!- Lagûrz gritaba. -¿Quién dices que morirá ahora?- Le grité burlescamente. Se levantó. Alzó la espada amenazadoramente mientras lo que le quedaba de brazo derecho no dejaba de sangrar. Echo a correr, iba a por mí. No podía saltar, no podía moverme; ¡la fuerza de Nessë me había abandonado! Me travesó el abdomen... Me empujó hacía la estatua de Ewën... Me deslicé, ya sin fuerzas, hasta caer sentada en el suelo... -Lagûrz... hoy... yo... yo... hoy yo no moriré sola.- No podía moverse. Su cuerpo reposaba en la empuñadura de la espada, exhausto. Moví mi muñeca derecha levantando mi espada, la deje reposar en su cuello e hice el mismo movimiento con la izquierda, alzando su espada. Gasté mi última gota de fuerza, sangre, sudor, lagrimas... Su cabeza rodó desde mi hombro, rozando mi cara y mi pecho hasta el suelo... Ya no tenía ningún sentido vivir... mis ojos se cerraban... Pero una luz cegadora los abrió, ¿Quién es ella?

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