En un parque había
una pequeña niña
de sonrojadas mejillas
y rubios cabellos.

Sentada en el columpio,
invertía el preciado tiempo
entonando una bonita
canción de dulce amor
dulce amor adolescente
que jamás conocería.
Sentada.
Viendo jugar los niños
alegres y chillones.
Sentada,
mirando fijamente nada.

Sus ojos de miel no lloraban,
aunque la canción hablara
de muerte y desgracia.

Pues resulta que,
las muñecas de porcelana,
solo miran sentadas.